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M

miércoles, 22 de noviembre de 2006

Mensaje de Jorge Fernández Granados

Querido y generoso Cosme:

He podido darme una asomada por tu Guarida y me sorprende todo lo que guarda. Hay un enorme trabajo literario que, afortunadamente, gracias a la tecnología no se queda tan guardado. Considérame amigo de sus páginas parpadeantes.

Por otra parte, me dio gusto también que aparecieras en el sitio titulado Las afinidades electivas. Hacía falta tu presencia. Qué bueno que te hayas animado a participar allí. Cuando a mí me invitaron no estaba muy seguro de lo que se trataba. Pensé que era una antología o algo parecido; pero luego de pasearme un poco por sus posts y de entender cuál era la dinámica me di cuenta que más bien es como una gran fiesta, donde cada quién invita a sus amigos y esos amigos a su vez a otros amigos, y así... Las ramificaciones que se abren van sumando cada vez a un mayor número de poetas. Al final de eso se trata: una progresiva asamblea, como la de Zaid pero incalculablemente más vasta.

Tanto en tu Guarida como en Las afinidades... te agradezco tus menciones generosas a mi trabajo.

Recibe, como siempre, un saludo lleno de cariño.

jueves, 16 de noviembre de 2006

Jorge Fernández Granados y el címbalo de oro

Jorge Fernández Granados

por Cosme Álvarez



Es el poeta notable de su generación, uno de los mejores poetas mexicanos desde José Carlos Becerra. A título personal, agrego que su obra es de lo más afortunado que le ha ocurrido a nuestra poesía desde los años sesenta.

Conocí a Jorge Fernández Granados en la primavera de 1990, durante una cena en casa de Enzia Verduchi. En aquel entonces, la mayoría de los invitados a la cena éramos escritores en ciernes y un signo de interrogación en la literatura de nuestro país; algunos de nosotros seguimos a la deriva en ese signo sinuoso, más propio del destino que de la tipografía. Pero Jorge, que por esas fechas tenía veinticinco años de edad, ya era la conciencia de su generación, como lo fue Xavier Villaurrutia para los escritores que se reunieron en torno de la revista Contemporáneos. Tanto Jorge como Villaurrutia derivarían en una poesía intimista, cargada de simbolismo, de cifras secretas. Jorge Fernández Granados le canta a la casa, a los patios, a la alcoba, fenómenos de su espíritu más que geografías o lugares en el mundo. La casa, los patios y la alcoba en Xavier Villaurrutia exploran también los territorios interiores del poeta.

Aquella noche del noventa, Enzia Verduchi hizo patente su interés por acercarme a Fernández Granados; se dirigió hasta donde yo estaba y me dijo que la acompañara a la sala. Nos presentó, a Jorge y a mí, y de inmediato iniciamos una plática cuyo tema es inagotable: el arte y la poesía. Creo que no es vanidoso decir que supimos conversar acerca de José Carlos Becerra; luego derivamos en Hermann Broch y Juan Carlos Onetti, dos de nuestros autores más queridos. Quedé encantado (en el más profundo sentido del término) de hallar en el mundo un interlocutor, no un hablante de puro intelecto sino un aristócrata del espíritu, cuyas palabras, la forma en que estructuraba las frases, la cantidad casi increíble de libros que él ya había leído, delataban una inteligencia lúcida y penetrante. Al terminar la noche sospeché que seríamos amigos. Jorge Fernández Granados, un año menor que yo, se me presentó desde entonces (y esencialmente no ha cambiado) como un hombre generoso, sereno, intenso, poseedor de la forma más alta de la inteligencia: la bondad.

Por esos días yo dirigía la revista Revólver, y de inmediato quise que la publicación incluyera un poema suyo. Jorge fue doblemente generoso. Me entregó el poema «Castalia» (que apareció poco después, en el número 6 de Revólver, en enero de 1992) pero además me obsequió su primer libro, La música de las esferas, con el que ganó uno de sus muchos y muy merecidos reconocimientos, el Premio Literario Nacional de la Juventud Alfonso Reyes.

Desde entonces lo sigo como lector agradecido: en El arcángel ebrio, de 1992, publicado en la Colección El ala del tigre, UNAM; Resurrección, con el que obtuvo el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 1995, y que hasta hoy, entre los demás, es el libro que más he frecuentado de su obra; El cristal, publicado por editorial ERA en 2000. Los hábitos de la ceniza, con el que ganó el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2000, contiene un poema memorable: «Xihualpa», que sobrevivirá a todos nosotros, y sin duda será un hogar para los poetas de las generaciones por venir. Jorge Fernández Granados ha hecho sonar para nosotros el címbalo de oro de la gran poesía con su mazo de versos mayores. Estamos ya ante un clásico de nuestra literatura.

Jueves 16 de noviembre de 2006

CODA
En noviembre de 2006, durante la 5ª Feria del Libro en Los Mochis, el escritor Ignacio Padilla y yo conversamos una tarde acerca de la calidad poética de Jorge Fernández Granados. Tras declararnos admiradores del trabajo de Jorge, ni Padilla ni yo dudamos de la idea expuesta en la última oración de mi texto: «Estamos ya ante un clásico de nuestra literatura». Días después, al presentar una lectura de poemas que Jorge ofreció a los sinaloenses, expresé la conclusión a la que Padilla y yo habíamos llegado. En un gesto tan propio de su carácter, Jorge Fernández Granados tomó el micrófono para protestar enérgicamente contra mi afirmación, alegando que no estaba de acuerdo con la idea de ser, en vida, un clásico, ni nada parecido a esos títulos que dispensan la crítica y la academia.


«CASTALIA»

por Jorge Fernández Granados

I

Supongamos que la lluvia es un deshielo,
traición de los que esperan la tormenta.
Supongamos que en agua están cifrados
Los grisáceos ecos de la estatua
y la pisada del invierno
como un casi dormir sobre las cosas,
como un apenas temblor en nuestros labios.
Supongamos que te miro
un martes en tus zurdas zapatillas
(ojo por ojo la siesta del canario)
de pie rondar mi largo sitio,
medir la espera inhabitable del combate.
Supongamos panteras en el polvo,
a punto de cerrarse nuestra mano,
faltando a su razón de negra compañía,
ofreciéndonos el arte aniquilable de su alianza.
Y que llueve, que rompe terrones la prisa
para abrirle ríos a la calle,
cartas de navegación al perfil de los cristales.
Supongamos que la noche ya no llega
y la tarde se desborda para siempre
en un limpio, sigiloso sueño de agua.
Supongamos un rumor inencontrable
mojándonos los tejados del alma,
rondando por huecos donde el cuerpo
es apenas el agua nuevamente,
que cae nuevamente,
y el agua.


II

La tormenta mojará tu nombre cuando nazcas.
De nieve la ciencia de tu paso bañará mi oído.
Sobre la fuente un grito líquido
que el agua le aprendió siendo niña a los ríos
bautizará las estancias erráticas del sueño
para dibujarte unos labios de negra eternidad.
Sobre un papel que la lluvia arruga en su bolsillo
y vive de las indumentarias fiebres de todo lo profano,
vestida con los trajes embrujados del cansancio,
tu nombre será
alguna noche de astrolabios sumergidos,
la noche que el corsario unció de bálsamos oceánicos.
Y me detendré a rozar la columna griega de tu abrazo
con el plomo arrepentido de las cartas de la muerte
con el pecho enflorecido de aguaceros y visiones.
Confesaré signos en el agua arcipreste de septiembre
cuando la lluvia tenga ojos de azogue y de gaviota,
cuando se derrame el azoro de tu manto
en los espejos evaporados de mi reino.


III

Quiero abrirle caminos al alma para que recuerde el mar.
Quiero estar aquí como quien oye la lluvia y comprende
la fraternidad invisible del agua,
el parentesco secreto de todos los ríos
buscando a ciegas el mar.
Quiero no ser este animal que la humedad hechiza,
este polvo que la luz sostiene,
este grito que el amor astilla.
Quiero que siga esta lluvia hasta los labios del trigo
para bautizar mis flechas de ceniza,
para enjuagarme el alma y zambullirme en el color
acerado de la menta y del centauro abril.
Quiero romper los espejos de la casa
para no saber quién ha nacido en esta lluvia
para oír el robusto argumento del tallo que zarpa
cuando el aguacero rompe el letargo de la semilla.

(Revólver. Número 6. Enero de 1992)

viernes, 6 de octubre de 2006

Cosme Álvarez, Todos los lugares son el mundo

Vivo sueño
de Cosme Álvarez
Ediciones sin nombre
México 2006. 106 pp.



por Jorge Fernández Granados


El azar, ese autor que nunca firma sus trabajos, hizo que Cosme Álvarez y yo coincidiéramos algún día, hace ya alrededor de quince años, en nuestras respectivas andanzas literarias por la Ciudad de México. Ya no recuerdo el motivo de aquellos encuentros iniciales, pero tengo perfectamente clara, en cambio, la imagen de un periodista dinámico y apurado, saludándome con rápida pero firme franqueza en la redacción del periódico El economista, donde él trabajaba por entonces, indicándome enseguida una silla para que lo esperara un par de minutos y luego verlo ejecutar —literalmente en un par de minutos— una nota que debía entregar esa misma tarde. Vivía muy cerca, en un departamento donde se disputaban el limitado espacio sus grandes pasiones en esta vida: su mujer, sus hijos por entonces muy pequeños, sus libros y la música. Cosme acababa de publicar su primer libro de poesía, titulado Sombra subterránea, el cual me obsequió con orgullo y, con el mismo orgullo, puso en mis manos una colección de la revista Revólver, que él editaba y dirigía. Aquel estupendo título (Revólver) y el inusual formato de la publicación me parecieron, y me siguen pareciendo, una de las publicaciones más originales y representativas que ha realizado nuestra generación, por lo que se refiere a revistas literarias. Aquella tarde, la conversación iba y venía de la literatura a la música y de ellas a la vida, siempre a la vida. En algún momento, Cosme se puso a buscar entre sus discos y eligió uno. Lo insertó en el reproductor y subió un poco el volumen. “Scriabin” me dijo, como quien revela un legendario secreto, y luego fueron las piezas de piano del enigmático compositor ruso las que nos sumergieron en una atmósfera de cierta fantasmalidad teatral o, añadiría ahora que vuelvo a escuchar a Alexandr Scriabin para escribir estas líneas, de cierto mundo de claroscuros iluminados por el sueño.

Desde entonces, de un encuentro en otro, de algún saludo ocasional en una librería a una discusión sobre temas filosóficos frente a una taza de café, se fue dando el itinerario de una amistad que, aunque los avatares y las distancias geográficas han dosificado, siempre ha tenido de su lado muchas compartidas intuiciones. Uno de los momentos creo más felices vino en 1998, cuando Cosme Álvarez fue el primer escritor sinaloense en ganar el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, con su libro El azar de los hechos, que ese mismo año publicó el Fondo de Cultura Económica. Recuerdo, sin embargo, con particular intensidad una tarde de sábado en que Cosme reunió una amigable tertulia en su casa —para entonces ya habitaba en una casa sosegada de dos plantas con un breve jardín—. El motivo era que otro proyecto editorial rondaba la cabeza de Cosme: fundar una nueva revista literaria. Así nació Astillero, publicación que, como casi todas las iniciativas de esta índole en nuestro país, duró corto tiempo, pero sirvió para estrechar los vínculos entre un puñado de quijotes. De aquella tarde, como de la primera con la música de Scriabin, se me quedó grabada cierta imagen, o quizás debería decir cierta atmósfera sonora. Al calor colectivo de los tequilas Cosme, más que desbordarse en palabras, escuchaba con atención a todos. De pronto soltó una de sus muy sonoras carcajadas y se sentó ante su piano. A continuación brotaron con una alegría celebratoria las notas de varias canciones de Los Beatles. Las melodías se convirtieron en el centro de ese círculo amistoso y humano, como si Cosme hubiera encendido con sus manos una fogata y todos nos congregamos alrededor de la calidez de ese resplandor. El resplandor, supongo, no era otra cosa que la misma música.

Estos episodios que he querido compartir aquí nos hablan, entre otras cosas, de un hombre apasionado y vital, aventurado en sus proyectos y lleno de generosidad con sus amigos; pero sobre todo —o por lo menos a mí— me hablan también de un espíritu cuyo núcleo de percepción y de irradiación expresiva es la música. La música como arte, como práctica y como conocimiento; la música como aspiración y modelo literario también. Esto me lo corrobora la lectura de su más reciente libro, titulado Vivo sueño.

Vivo sueño de Cosme Álvarez es un libro compuesto por un solo poema de amplia extensión. Puede considerarse también un vasto impulso poético que se multiplica y se reengendra conforme sus nueve cantos se desarrollan. Pocas veces el término de cantos está tan bien empleado como en esta obra. Se trata de amplios despliegues de sonoridad verbal y de versificaciones que son indudablemente eufónicas en la lengua castellana. Endecasílabos en su mayor parte —o bien sus aliados naturales: heptasílabos y alejandrinos— sustentan con logrado poderío este ambicioso libro. El noveno canto, por ejemplo, es el más extenso del conjunto y está integrado por más de setecientos versos endecasílabos. En él hay evidentes paráfrasis o citas a Piedra de sol de Octavio Paz y a Muerte sin fin de José Gorostiza, antecedentes más o menos próximos e indudablemente célebres, en tanto poemas extensos, dentro de la tradición mexicana, a los que el canto final de Vivo sueño, a un tiempo, rinde un muy personal homenaje y propone un diálogo desde otra orilla.

Dentro del género literario de la poesía, el así denominado poema extenso podría ser considerado, por sus particularidades y desafíos, un género dentro de otro género. Volviendo a la música, el poema extenso sería el equivalente de la ópera. La summa estructural en la que se exploran los límites de un arte. Es el espacio donde se ponen a prueba todos los recursos y registros que el oficio del compositor puede ofrecer. Tanto en la composición de una ópera como en la de un poema extenso, la amplitud del formato puede ser lo mismo una oportunidad para los máximos alcances expresivos que un maratón insuperable donde la armonía se pulveriza.

No me cabe duda de los numerosos momentos de brillantez poética, afinada sonoridad y emocionante fuerza del nuevo libro de Cosme Álvarez. Quiero citar un par de ejemplos. Primero este fragmento, que recuerda la épica prosodia amorosa de Rubén Bonifaz Nuño:

El mundo queda solo:
tú y yo vamos ardiendo en la vigilia,
cautivos del silencio que perdimos,
cayendo sin opciones en el mundo.
El sueño que nos queda es este ruido
que hacemos al mirar con los recuerdos
—silencio lateral de lo existente—.
Perdimos nuestro pulso, el de la lumbre,
y entramos a una noche de palabras
sin sangre, anodinas, sin destino.
Hundidos dócilmente en la vigilia,
en esta certidumbre asimilada,
no queda más cansancio que la muerte.


O este otro donde, bajo el magisterio de una muy frecuente metáfora paciana: la pareja como naturaleza, la fusión erótica como árbol en crecimiento, se resumen, además, los temas centrales de este libro:

El amor deletrea nuestros nombres,
somos viento y tormenta en el estanque,
rizoma prolongándose en la risa;
la raíz que hondamente nos sostiene
resplandece en el tronco, se hace boca,
se hace risa en el árbol que engendramos;

Este par de fragmentos aluden, en mi opinión, también a los temas centrales de este Vivo sueño: el amor y la pareja como fuente, posiblemente última, de sentido; la realidad aprehensible como una sucesión de escalones o estadíos entre la vigilia y el sueño; la conciencia como simulacro apasionado de un sentido que sólo puede ser momentáneamente asido o transfigurado por un lenguaje, que bien podría ser el de las palabras pero que, aún con ellas, es finalmente el de la música.

Y ¿de qué habla Vivo sueño? Esta es una pregunta que ningún verdadero poema extenso puede responder con una fórmula simple. La idea misma del poema extenso es irradiar más que ceñir los temas que lo componen. A diferencia del poema breve, donde la síntesis, la flecha que busca un blanco temático, es una prueba de su calidad, en el poema extenso sucede lo contrario. Los temas, las imágenes y las formas que adquiere el poema son un magma que está en el origen irreductible de la voz literaria y la experiencia vital del autor. Podría decirse que el autor puede comenzar y terminar en determinado motivo pero sólo para desbordarlo. El motivo se comporta como una puerta de entrada en la mina —o en este caso en el sueño— a donde se desciende (o asciende) para recuperar, enumerando y reconociendo, la pluralidad inagotable de los elementos que subyacen ahí. En este sentido, una obra como Vivo sueño no puede reseñarse ni condensarse, puesto que se trata, precisamente, de la “inmersión en las aguas de un lenguaje sin orillas”.

Escucho, sigo escuchando lleno de atención, para finalizar estas líneas a Scriabin y también a Los Beatles; sigo creyendo que, como dije al principio, en Cosme Álvarez fulgura cierto mundo de claroscuros iluminados por el sueño. Pero es imposible abarcar, con un lenguaje, con cualquier lenguaje —inclusive el de la música— todo lo que estalla en un instante de la vida y lo que un instante de la vida, como el de la escritura de un poema, significa. Me ampararé en lo que dice por ahí Cosme en este extraordinario libro: “Siempre es ahora, la misma hora siempre / y todos los lugares son el mundo”.

domingo, 23 de abril de 2006

Premio Cervantes a Antonio Gamoneda

PREMIO CERVANTES AL POETA ESPAÑOL ANTONIO GAMONEDA

El poeta español Antonio Gamoneda recibió hoy de manos del rey de España, Juan Carlos, el Premio Cervantes, el máximo galardón de las letras hispanas, en reconocimiento al conjunto de su obra poética.
Durante su discurso de agradecimiento en el paraninfo de la Universidad madrileña de Alcalá de Henares, Gamoneda compartió que la pobreza de su infancia en un barrio obrero de León, durante la Guerra Civil, condicionaron su vida y escritura.
"Mis fuentes, en lo que concierne al saber, a la vigilia de la sensibilidad y al acendramiento de la conciencia, son, permítaseme decirlo crudamente, de baja extracción", expresó.
El poeta manifestó que su experiencia con la pobreza le ha unido con millones de seres humanos que se encuentran en las mismas condiciones que él padeció cuando era niño.
El galardonado confesó que en 1936 tuvo que aprender a leer en el único libro que había en su casa, un volumen con la poesía escrita por su padre, que a la vez le recordaba su orfandad.
Gamoneda dijo que crecer entre carencias no sólo marca el ánimo sino también la escritura, "hay un estado pasional del pensamiento nacido en la pobreza y servido por el infortunio", una "cultura de la pobreza" diferente de la que "prospera a partir de una situación privilegiada".
"Dentro de esa cultura de la pobreza, -añadió- yo soy sólo un caso mínimo y ocasional; mínimo, dentro del dolor planetario, y ocasional porque mi vida se ha hecho llevadera".
Para ejemplificar sus palabras citó a El Quijote, de quien dijo que tradicionalmente se ha considerado cómo influyó la pobreza en su vida, pero no se ha valorado realmente cómo condicionó su obra.
"Desde la pobreza y a través de la prosa, Cervantes es uno de los creadores, el más importante en la lengua española, del pensamiento poético moderno y de su realización en el lenguaje", abundó.
El prestigioso premio que otorga el Ministerio de Cultura español, esta dotado con 90 mil 430 euros (122 mil 570 dólares).
La entrega del Premio Cervantes, es el acto central del Día del Libro, que incluye la tradicional lectura ininterrumpida de El Quijote en el Círculo de Bellas Artes de Madrid que este lunes inicia Gamoneda.
El presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, será el encargado de proseguir la lectura, que continuará hasta este miércoles con la intervención de otras personalidades del mundo de la cultura, la política y grupos de escolares.
Al acto de entrega del galardón asistieron, además del monarca y la reina Sofía, Rodríguez Zapatero; la ministra de Cultura, Carmen Calvo; la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre; y el director general del Libro, Rogelio Blanco.
También estuvieron el director de la Real Academia de la Lengua, Víctor García de la Concha; el director del Instituto Cervantes, César Antonio Molina y numerosos escritores.

FUENTE: Notimex

miércoles, 29 de marzo de 2006

Dos textos


por Jennifer Piñero


A MEDIAS

Ya no tengo unos senos que se erizan al toque…
Pero tengo la seguridad de una vida sin piedras.

No recuerdo la existencia de mi boca…
Está el buen día por la mañana, y la buena noche por la noche.

¿Cómo recuperar el sonido melodioso de un gemido perfecto?
¡Hasta cuando seguir huyendo de la realidad!

Intensidad que me inventé para poder vivir en este mundo…
Plenitud que me escupe a la cara que si quiero permanecer en él,
mantenga la boca cerrada.

Estoy muriendo cada día…
Perdóname.
Mi corazón se escucha cada vez menos a sí mismo.




ELLA VENDRÁ


La silueta de una mujer camina descalza por la calle, a las dos de la madrugada, bajo la lluvia. La silueta de la lluvia moja a una mujer, que camina descalza por la calle, a las dos de la madrugada. La silueta de una calle, es caminada por una mujer descalza, a las dos de la madrugada, bajo la lluvia. La silueta de las dos de la madrugada, una mujer que descalza, con lluvia, camina por las calles. La silueta descalza, las dos de la madrugada, una mujer camina bajo la lluvia.

Él se tropieza con ella: le hace beber de su sangre como una prueba de fe. Ella lo mira desde el aire que va comiéndole los ojos. Las siluetas vuelven hechas un torbellino. Tienen miedo. Algo se los tropieza y los mata. Las siluetas se escapan corriendo, mientras sonríen por su libertad condicional.

Una mano toma a las siluetas por el cuello. Es ella. No estaba muerta, sólo se había quedado dormida con los ojos abiertos. Él las mira alucinado. Las siluetas son castigadas sin clemencia. Ahora sólo son restos de angustia.

La calle se ahoga y nadie la escucha, todos están ocupados en sus historias personales. La lluvia la violenta con su ímpetu desolado. Llora y llora las soledades del mundo. Todas las siluetas se han puesto de acuerdo, para hacerle una soga a la calle. Pero es demasiado tarde. Ella se diluye y no se dan cuenta hasta que se los traga.

Las dos desilusiones

por Miguelángel Díaz Monges



Para mi hermano Cosme Álvarez


Llegué a Los Mochis por la carretera que sube desde Santiago y va a dar hasta allá por la frontera, dicen que a ningún sitio que alcance un nombre. Mi primera desilusión fue encontrar una ciudad donde esperaba un pueblo; la segunda fue darme cuenta de que bajo ese calor del infierno el único muerto era yo.

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Hay que desnudarlo, exhibirlo, denunciarlo con toda la fuerza de la inteligencia
hasta hacerlo sentir vergüenza de sí mismo.
COSME ÁLVAREZ

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