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jueves, 22 de noviembre de 2007

Despertar sonoro: Vivo sueño

Comentario a la obra de Cosme Álvarez


por Leonel Rodríguez



UMBRAL: LUZ ENTRE LA NIEBLA
México, circa 1983. Años de cierto auge, aunque la recesión del año pasado ha causado estragos. Se vive con la inercia de treinta años de crecimiento económico y cierto esplendor cultural. Para un joven que descubre una nueva soledad y también a los otros, a la mujer —otra entraña—, la ciudad y los libros son el combustible que alienta a recorrer ese escenario múltiple: desde la Ciudad de México, hasta el norte de Sinaloa y puntos intermedios, laterales, el viajero teje redes de significado, relaciones que habrán de enlazar palabras —versos que en esos años son la mirada silenciosa de un joven poeta que llena cuadernos, habitante de una ciudad hoy desconocida e inexistente, acaso recordada por algunos; escenario vacío, o en proceso de vaciarse, después de 1985.

Sin duda, se trataba de una Ciudad de México que ya no está ahí. Ciudad de caminantes, andar por ciertas calles era inmiscuirse en las atmósferas y en el ser de la gente que uno descubría en las páginas de Renato Leduc o Efraín Huerta; los parques de las colonias Roma y Condesa eran y son el aire que respiran muchas novelas de Juan García Ponce; si la curiosidad nos llevaba a las librerías del sur era probable ver a Juan Rulfo, tal vez el mismo día que uno había terminado de leer ¡Diles que no me maten! o la muerte de Susana San Juan en Pedro Páramo.

Como todavía es posible sentirlo, gracias a la herencia de apertura que generaciones como Contemporáneos y de La Casa del Lago hicieron realidad, los jóvenes llamados a la poesía sentían su pertenencia a la cepa que las obras de Gilberto Owen y Xavier Villaurrutia: Octavio Paz, Juan José Arreola, Juan Rulfo: Julio Cortázar, Borges, Mario Vargas Llosa, José Lezama Lima: José Carlos Becerra: T. S. Eliot, Saint-John Perse: Henry Miller, D. H. Lawrence, Hermann Hesse, Lawrence Durrell: William Faulkner, Hermann Broch: Gérard de Nerval, Hölderlin y Novalis (por no hablar de músicos, pintores y cineastas) levantaban y levantan como un árbol.

Puede parecer que se habla de otro mundo. Quizá lo sea. Los más jóvenes, los más inquietos, percibían que la escritura y el arte eran elementos indispensables para vivir. Seguir este llamado, obedecer a los impulsos internos, despertaría la conciencia de un naufragio: en septiembre de 1985 todos supieron que la vida conocida se había derrumbado en las imágenes de aquellos días. Muchos de los viejos murieron por entonces, muchos jóvenes también, sin causa, por el peso de los hechos. Lo que siguió, para los vivos, fue un cambio de norte. Para ésos que perseveraron, la escritura se volvió intensamente la creación de un nuevo sentido, luz entre la niebla.

Se había vivido sobre la construcción de los fundadores. Al desmoronarse, el presente se mostraba como fundación que no termina.


ÉSOS QUE PERSEVERARON: PALABRAS QUE LLUEVEN SON MÁSCARAS
Cosme Álvarez (Villa de Ahome, 1964) es autor del poema en nueve cantos Vivo sueño (Ediciones sin nombre, Difocur, 2006); también de los poemarios El azar de los hechos (1998), El cántaro de fuego (1994) y Sombra subterránea (1992), publicado bajo el nombre de Cosme Almada. Como indica su año de nacimiento, Cosme Álvarez es parte de aquella camada de «últimos mohicanos» —entre otros: Jorge Fernández Granados, Luis Ignacio Helguera, Samuel Noyola, Pablo Soler Frost, Mario González Suárez— que convivieron, o tuvieron la posibilidad de hacerlo, con los artistas de la generación de La Casa del Lago, señaladamente con Juan García Ponce y Huberto Batis.

Este comentario del poema Vivo sueño comienza con la mención, no pormenorizada, de dos libros anteriores de Cosme Álvarez.



1. Sombra subterránea (1992)

Desde su primer poemario, la escritura de Cosme Álvarez define la identidad de su autor en el mundo. Las palabras de un poeta encuentran su acomodo fuera del ruido, en el silencio del escritor, sólo para volver al mundo, renovándolo y haciendo habitable un sentido. (La novedad de esto es antigua como un recién nacido que patalea sobre nuestra cama.)

Las palabras de un poeta quieren ser un arco que une la realidad con lo que no existe, pero está, con insistencia, en alguna parte: en el sueño, que al nombrarse queda libre de existir.

Sobre todo, la poesía dialoga con los hombres y con su realidad. Un poeta joven tiene el conocimiento de que su primera urgencia es hablar consigo mismo. Quiere verse y lloverse en sus palabras. Así se demuestra en Sombra subterránea, poemario donde una voz se dice sin complacencias —todavía parca en su nuevo decir, como un explorador de avanzada, cauteloso—, sin caer en un lenguaje excesivo.

«Las palabras —esa lejana memoria—, crean/ o destruyen al ser que les dio acomodo.» Así se crea en cada verso, con el cuidado de quien sabe que distinguir la creación de la destrucción es delicado. Se trata de un libro que, ya en 1992 (aunque escrito a lo largo de la década anterior), prefigura ciertas maneras de los poetas de la primera década del siglo XXI. Busca la realidad en una escritura que brota de la nada, más allá del desorden.

El poeta roba palabras, pero ellas lo usan para decirse con un sentido propio, distinto cada vez, diferente en cada poeta (Ver Nota al final).



2. El azar de los hechos (1998)

El siguiente libro de Cosme Álvarez es la visión de un hombre que mira con los ojos cerrados, hacia adentro. Esos ojos que intensamente miran, como dirá un verso del libro que ocupa este comentario y al cual todavía no llegamos, ya hablan en este libro. Ojos que dicen árboles, la herencia de las costumbres, pueblos y las urbes, sociedades donde las personas abandonan su nitidez. Los mástiles de barro, los hombres, gotean los días y se hacen invisibles en la noche, ¿para qué? No es casual que el poema final y más extenso se llame Oscura. Porque oscura es la raíz del día y si ha de buscarse algo, será en su fuente. Decirlo todo de nuevo. Para alcanzar la otra orilla que crece en nosotros/ haciendo estallar los puentes a la costa.

Oscura es cumbre y umbral dentro de la obra de Cosme Álvarez. Es una prenda completa en sí misma. Es producto de los hilos que comenzó a tejer en su primer libro (¿qué busco?, ¿cómo decir que no sé esto que veo?) y ofrece un punto de partida para la búsqueda de Vivo sueño.

Oscura se asoma al espacio entre los hilos que tejen la existencia tal como la tomamos a diario. Es decir: ve momentos acumulados entre las cosas. Es un semillero que germina en los ojos que lo leen, ramaje de existencia acunando con su copa la vida sin márgenes.



VIVO SUEÑO

Hablemos, pues, con la realidad. Habitemos el espacio que toca nuestra mirada. Lidiamos con un lenguaje que sólo puede aspirar a repetir el decir de la poesía para expresar su efecto. Explicar el poema es imposible. Vivo sueño, poema de Cosme Álvarez, es un poema verdadero. Desde esa línea nos acercamos a él, buscamos señalarlo como a un venado entre la maleza.

Frente a la llama de una vela, un hombre mira más allá de la materia que toca con sus manos. Su tacto es fugaz; los objetos largamente conocidos apuntan hacia la realidad de otros instantes; la mesa, la silla, son la mano del carpintero, son el bosque, robles y eucaliptos; son el vuelo de las aves regadoras de semillas...

Cobijado en la noche, el hombre se encuentra, al mismo tiempo, de pie en la obscuridad sin hora que no ofrece sustento: su desvelo recorre caminos que no han sido marcados; detrás de él no queda huella: un paso atrás no es un regreso a lo seguro; con cada avance, su cuerpo inventa el nuevo espacio que lo contiene. El hombre alumbra al mundo que lo rodea.

Así comienza nuestro diálogo con un libro de poesía. A cuenta gotas hasta topar el borde del vaso que contiene nuestro impulso. Porque queremos conversar con la realidad.

El poema convierte la mirada distraída del lector en la sustancia de la tierra, en la más negra tierra del subsuelo para que con ella palpemos la raíz del hombre-árbol, espiral de sueño y creación: verdadera cara tras la máscara aparente.

La raíz del hombre es su mirada; por ella, el hombre es transparencia, umbral que señala su otro lado —ahora ceniza, ahora fuego alado—; hombre que da cabida y cuerpo al envés del mundo: vena de lava pura: realidad.

Hay que decirlo: el orden que propone esta poesía es similar al de la vida, no es accesible si hacemos una lectura desatenta. El aliento del poema está puesto con tal evidencia, tan ahí, que al leerlo no se razona, nunca se nos pide raciocinio, mejor nos auxilia el agua clara de la percepción. Todo lo que se nos pide es ver.

Vivo sueño es un libro que habla con los elementos. Sus palabras no son distintas de las que hablamos con los otros en la calle. Al desplegar sus versos, sabemos con asombro que de alguna manera se nos dice lo evidente, pero es una evidencia perdida para la mayoría de nosotros que vivimos inmersos en las horas cotidianas; nuestro asombro se enciende en la certeza de que hemos estado, alguna vez, en el mismo sitio donde nos habla la voz del poema: lo que sabíamos entre brumas el poema lo dice sin tapujos.

En Vivo sueño se busca que hable la huella de esa evidencia perdida. Bajo riesgo de su identidad, el poeta ha rastreado el sentido de una experiencia vital. Como corresponde, el lector que llega a este libro por una necesidad tan imperiosa como la que hizo posible su escritura debe hacer lo propio y recrear el poema, de manera que se contemple esa huella que perdura en las palabras —esa espuma—, voces que son rastros de un sueño dotado de nueva vida por obra de la escritura, vivo sueño que resuena en un cuerpo de palabras: hoy se dice el despertar de un cuerpo, hoy camina en nuestra voz el andar de un fuego antiguo.

¿Qué dicen los nueve cantos de Vivo sueño?, ¿su cantar es la huella de qué ente?: dónde ha estado el hombre que así canta:

Surge una presencia antigua
cuyo extremo esta noche soy yo. (p. 56)

También:

El hombre, la vida y las palomas,
que sólo cuando mueren vuelan.
No importa; volaremos.
Nacerán nuevos hombres, se crearán nuevos destinos;
otra realidad en otra copa.
Por eso es ahora, la misma hora siempre,
y todos los lugares son el mundo. (p. 57)

En medio de un desfile de sonámbulos oímos la voz del hombre que está por decidir su vida:

¿Fui aquel adolescente que vagaba
por calles empedradas sin destino
en un pueblo de penumbra y ocaso,
yendo siempre de la noche hacia el día
con el rostro de antifaz heredado
en busca de una máscara de agua? (p. 93)

La lectura de estos versos tiene un sentido que acompaña. No se busca el tiempo que perdimos: se le dice, se desentraña esa huella, esa evidencia de lo perdido, para acercarnos a esa confluencia de cauces que es la vida y sus posibilidades, para rozarnos con nuestra pregunta en el espejo: ¿Cuál es el nombre del azar que ata letras, forma versos y los lanza para develar una diana introvertida?

La lectura de este poema nos desconcierta y nos mueve a despertar la conciencia de nuestra realidad: persistimos en un naufragio, de ahí que en ocasiones este canto nos rebase como agua amontonada sobre nuestro cuerpo; en otros momentos, nos encontramos en una calma chicha, el pulsar de los ojos sobre la savia del poema nos sumerge en su ambiente intenso: despertamos a su sentido sonoro y lo decimos sobre el techo de agua que nos llueve. Decimos el poema que nos dice. Así nos mantenemos a flote.

Para el poeta que le dio cabida en su obra, para el lector que lo recrea en la lectura, Vivo sueño es un punto de partida, ¿a partir de qué?, del silencio, útero que da luz a la conciencia de la duda; ¿son reales los hechos que forman la cáscara de eso que llamamos vida?; la indagación de Vivo sueño sugiere que la cosa del mundo, lo nombrado hasta la hartura de la lengua, es tan sólo una pausa que aceptamos; nuestros sentidos se abren y lo que nos inunda, en palabras del poema, es tremendidad.

Los nueve cantos de Vivo sueño dibujan una trayectoria sin puntos de referencia: es una sinfonía que surge del silencio, se yergue y abre el sonido de sus ramas, para después hundirse en un silencio nuevo, preñado con una manera de mirarnos inexistente antes del estallido de su música. Es la apuesta total a favor del de la vida sombría y luminosa, inexplicable. En un alto grado, se trata de un poema que consuela y alienta a los que intuyen en su sangre el rodar de un mundo extraño que merece ser expresado y vivido. La marginalidad de los sueños del hombre es la medida de su miseria. Como mendigos, los hombres habitamos una orilla de nuestra realidad.

Vivo sueño es el fuego de la fe del poeta Cosme Álvarez. Con este incendio, queda libre para escribir lo que desee, como un nuevo poeta; también queda en libertad de no escribir en absoluto. El poeta se sitúa en un más allá que no está en otra parte sino aquí mismo; la diferencia es que el mundo gira a su alrededor con un nuevo impulso. Su cantar forma realidad.

¿Qué mira el cantar del poema?

La pregunta cae en nosotros como en un pozo profundo; se desploma hacia la lisura del ojo de agua. Su trayectoria nos abandona en el silencio.


POESÍA DE COSME ÁLVAREZ:

-Cosme Almada. Sombra subterránea. México: CONACULTA, 1992. 82 p. (Fondo editorial Tierra adentro, 47)

-El azar de los hechos. México: Fondo de Cultura Económica, 1998. 87 p. (Letras mexicanas).

-Vivo sueño. México: Ediciones Sin Nombre, Difocur, 2006. 106 p. (Cuadernos de la salamandra).


NOTA

* El poeta toma palabras, flotan en el ambiente y no es necesaria la influencia directa. Donde T. S. Eliot (The Hollow Men) dice: «Shape without form, shade without color,/ Paralysed force, gesture without motion» («Figura sin forma, sombras sin color,/ fuerza paralizada, gesto sin movimiento.»), el poeta de Sombra subterránea dice:

X. SIN CUERPO NI FORMA

Cuando mi cuerpo se hunde en el tuyo,
¿qué es ello que empieza a besarse,
aquella quietud y silencio?
Hay un misterio que habita la carne,
ocurre desnudo.

El sentido es otro porque el poeta es otro.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

El ronroneo de los camaleones errantes


por Jeremías Marquines


I
Trashumancia libelular de cuño circense,
hacia los ojos de quienes nos odian, vamos sobre la cabeza de un buey feriante.
Ingenuidad explicar, las marchas y contramarchas de los querubes porque estos regresan al Edén en autobuses disparados por varones hediondos a pirotecnia de claustro.
Poco varían los crímenes del amor.
Abandonar debemos construcciones artilladas
para humanizar la tierra.
Muros inspirados en el Espíritu Santo.
Perfeccionar hay que los patios soñadores de la
hierba.
El método volante de las hojas.
Conductas de asedio al romanzal de otoño,
si el solitario se aleona en su aprensión de cornisa enloquecida.
Nada que arruine la aeronáutica del verso, pero
heliotropismo insurrecto tamborilea vientres que hurtan invenciones prematuras.
Pájaros hay del hambre en el ramaje del Sur.
A pesar del oxido y violenta flora, manos hábiles,
descuartizaron animales inolvidables y luminiscentes.
A pesar del amor,
no puedo enderezar viejos males.
Agita el neumático del horizonte sin dar vuelta.
Un pensamiento es mucho en las ciudades frías.

II
Debimos irnos, salir de la pared del Sur con la
indiferencia de una manada de Ñus que judíos parecen.
Somos los únicos adeptos de circuncisos invernaderos,
morder los labios en lo alto del cielo.
Otros no adivinan, como quien se enzarza para esperar
acústico ademán del acordeón, ansían irse ya penantes.
Vasito en que nadie bebe, los que andan idos, allá donde mea la sombra piedras comunes.
Mueca de errático instante, creo que soy, somos.
Ociosidad del precipicio.
Creo que adictos de una dolencia gótica, me canso de rumorear albos ramajes, estancia decrujidos.
Reverberancias de otros jugos, tus piernas hembras, telar que así se mueven.
La extrañación gana.
Me asemejo pasillo asiestado revoloteando tus tetas corticales platinizadas por la luna.
Ese es el meollo, a falta de paréntesis, facineroso barroquismo prende el fósforo de la ida.

Jeremías Marquines

martes, 13 de noviembre de 2007

David Huerta: el Coloso de Micrós

por Cosme Álvarez


La obra magna, magnífica, de David Huerta, Incurable, se publicó hace 20 años. Quiero entonces comenzar celebrando el aniversario de ese gran libro, determinante para la generación poética a la que pertenezco.


Con David Huerta comparto cosas de la memoria y del olvido, para citar a Emilio Prados, un poeta que en su día dio a David dos temas de la literatura y de la vida. Con David comparto el barrio, fechas, momentos de recuerdo perdurable, la calle cerrada de Micrós, y también la pasión por la poesía. En mi cumpleaños de 1982, David Huerta me regaló Bajo la estrella de otoño, del novelista noruego y premio Nobel Knut Hamsun. La lectura de ese libro representó una de las provocaciones más bellas que me hiciera la literatura para que yo dedicara mi vida a las letras.

Vivíamos en un barrio peculiar, la Segunda Colonia del Periodista; nuestros vecinos eran Renato Ledúc, cuya casa estaba a espaldas de la nuestra; Edmundo Valadés, Antonio Rodríguez, entre muchos otros periodistas y escritores. Y claro, mi vecino, el de la casa contigua, era nada menos que Efraín Huerta, poeta relevante para América Latina, como lo demuestra Los hombres del alba, ese hallazgo lírico que tarde o temprano será redescubierto por la crítica como la gran obra poética que es, volumen que sin duda se inscribe entre los libros de poemas con mayor significación del siglo xx mexicano. Los hombres del alba: “son los que tienen/ en vez de corazón/ un perro enloquecido”.

Hablo de aquella colonia y de inmediato aparece un suave sabor amargo en la conciencia, provocado por la saudade, o, como diríamos en Sinaloa, por un grato dolor; por la noción de un mundo desaparecido para siempre, y por lo mismo irrecuperable. Un mundo para los recuerdos y los olvidos, un mundo que me dio la gracia de convivir con personas que, hoy me doy cuenta, parecen sacados de un libro de Tolkien o Michael Ende, que ya casi no existen. Pero también es el mundo en el que conocí a David Huerta, y a su sobrino, mi neigbor, el del corazón contiguo al mío: Iván Lombardo Huerta.

Vivir cerca de tantos escritores, en plenos años sesenta, significó una aventura de claves y encuentros vitales que hasta hoy no han terminado. Cuando el niño que fui visitaba a su neigbor, Efraín, sentado a la mesa del comedor, nos acercaba su afecto con una sonrisa yo diría típica de su rostro; mientras tanto, David, Davo, salía con sus amigos al parque de la colonia. Entonces yo ignoraba que Davo era David Huerta, y que ya había publicado sus tres primeros libros: El jardín de la luz, de 1972; Cuaderno de noviembre, de 1976; y Huellas del civilizado, de 1977. Años más tardes, Cuaderno de noviembre sería uno de mis nueve libros de cabecera.

Una pausa, no una ruptura, sobrevino a nuestra relación durante algunos años. Entonces tuve noticia de David a través de un libro que me obsequió un amigo de la escuela preparatoria: Versión, publicado en 1978, pero que llegó a mis manos hasta 1981. Tras la lectura de ese libro, David alcanzaba nuevas dimensiones para el muchacho que fui; en la parafernalia de la juventud, Davo se había convertido para mí en el Coloso de Micrós; era la única persona de carne y hueso que yo conociera que había escrito un libro, y además un gran libro. Ahora, en la parafernalia de la vida adulta, David sigue siendo para mí un Sen-Sei. El término proviene del budismo Zen, y más que aludir a un maestro, señala a alguien que ya ha estado ahí antes que nosotros. Si bien he publicado cuatro libros de poesía, a mis 43 años de edad no se me ha quitado esta noción certera de que David es un Sen-Sei, y que para mí sigue siendo el Coloso de Micrós.


Años más tarde, David y yo nos veíamos al menos una vez a la semana en casa de Efraín, que ahora era de Andrea Huerta, mi tía Andrea: consejera, aliada, señora solidaria y hermosa, donde también llegaba Eugenia Huerta, otra encarnación de bondad y risa fuera de un mundo cotidiano que comenzaba a serme hostil. En aquella casa de Micrós 61 conocí a Eduardo Lizalde, José de la Colina, Rafael López Castro y Rafael Doniz, Christopher Domínguez, Álvaro Quijano. La lista sería toda una sección blanca del directorio telefónico de la Villa de Ahome.


Conservo el recuerdo de la noche en que Tania Huerta cumplió quince años. Fue celebrada con una fiesta espléndida en una casa de Las Águilas, donde una voz estentórea, de tenor, convocaba a los comensales a que partiéramos el pastel. David estaba ahí. David siempre estaba, siempre ha estado ahí, en mi vida. En la Segunda Colonia del Periodista, en los cafés de la Ciudad de México, en mis recuerdos, en las calles, en las casas de Andrea y de mi neigbor, en encuentros de poetas, en las lecciones y en las elecciones de la vida, en medio de la escritura de un verso: momento solitario en que la pluma se detiene, o es detenida, mientras la cabeza no puede evitar preguntarse qué diría David de este verso. David ahí, en mi vida, toda la vida, el Sen-Sei, el poeta, el Coloso de Micrós, el hombre, el muchacho que grita, que aplaude, ríe, se pone de pie porque el Atlante ha metido un gol.


Si Cuaderno de noviembre fue una clave, digamos una clave de Sol —para jugar con la doble figura de la música y la revelación—, Incurable es el acorde, un acorde en multitud tonal y variadas cuadraturas, una ciudad de palabras. Pero para mí La sombra de los perros, de 1996, es la melodía que ata los acordes y los temas, melodía a un tiempo audible y secreta, la frase musical concreta, contundente. Historia, de 1990, ese gran baúl de poemas definitivos, es una segunda melodía en contrapunto, previamente compuesta, que aparece, da sentido, se retira, vuelve para decirnos otra frase de intensión sinfónica, y de nuevo se retrae, da paso a la canción dominante de La sombra de los perros.


David Huerta, el poeta donador de una ética y de una poética, críptico, intimista, risueño, desgarrado, escritor para el pueblo; mordaz, celebratorio, tan natural en el lenguaje íntimo como obsesionado por las palabras y las cosas. David Huerta, el muchacho de la casa de al lado, este señor que yo admiro, que me sorprende, que me conmueve, que me deslumbra con cada nuevo libro que publica, como esta calle blanca, que viene a conjugar la sinfonía de su obra. La calle blanca, la calle Émile Richard, que parece un cuadro de Giorgio de Chirico. Todos somos las imágenes de esa calle blanca.

Presentación de La calle blanca, de David Huerta, durante la 6ª Feria del Libro de Los Mochis
Los Mochis, Sinaloa.
12 de noviembre de 2007.

Invitación

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Hay que desnudarlo, exhibirlo, denunciarlo con toda la fuerza de la inteligencia
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