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M

viernes, 11 de diciembre de 2009

Bitácoras de soledad, de Héctor Domingo

Ediciones de la noche
México. 2009
127 pp.


[Reflexiones en torno de la lectura de Bitácoras de soledad, de Héctor Domingo]

COSME ÁLVAREZ

«Para la mayoría de nosotros, la vida verdadera es la vida que no llevamos.» La declaración de Oscar Wilde con que inicia el libro, y que Héctor Domingo utiliza de epígrafe, es sin duda una clave para comprender la poética y el impulso que aparecen como telón de fondo en cada una de las siete historias que conforman Bitácoras de soledad.

Si la única vida verdadera es la que no vivimos, ¿quién la vive por nosotros? Así, desde el principio de la lectura, Bitácoras de soledad se propone a sí misma como una reflexión de la existencia, pero de un existir en el que lo existente se formula como un fenómeno ajeno, como ficción.

Desde tiempos inmemoriales, el hombre ha meditado acerca de la realidad, lo existente, la vida, su propia existencia y si hay algo más allá del mundo físico; a lo largo de la historia hemos derivado entre el ser y la nada, entre la vida interna y el tiempo, entre lo que consideramos real y lo que nos parece fantástico; estas reflexiones son constantes y han generado grandes movimientos del pensamiento. A partir del día en que el cerebro pudo abstraer el mundo, los hombres existimos entre lo tangible y lo intangible, lo posible y lo verdadero, lo racional y lo irracional, la lógica y los sueños, y experimentamos con la misma constancia toda clase de incertidumbres, principalmente la del miedo a la muerte, registrado ya en el poema babilónico Gilgamesh —hasta hoy el libro más antiguo de la humanidad.

Como parte de su naturaleza, el hombre se ha formulado algunas preguntas fundamentales, pero al no hallar una respuesta del todo provechosa o satisfactoria recurre a la imaginación; también a otros medios de percepción que efectivamente están más allá del pensamiento. La síntesis de este camino va desde las visiones religiosas de India, el Tao originado en China, las cavilaciones presocráticas sobre el ser, el cristianismo y el budismo —uno en busca de la salvación, el otro en unión con el silencio—, pasando por la idea, para mí falsa, de la supuesta supremacía de la razón, sembrada por Descartes, y de ahí a las metafísicas de Kant, Nietzsche y Heidegger, el existencialismo, el nihilismo, incluso el surrealismo, hasta nuestro ahora, en el que prevalece la falta de dios y de todo punto de referencia, esta pérdida de toda seriedad y de todos los valores, tan propia de la torpemente llamada posmodernidad.

No es sorpresivo sino comprensible y hasta consecuente que tras la oración de Oscar Wilde aparezca otra frase-clave como columna vertebral de Bitácoras de soledad: «Cualquier ficción no es más que una realidad en espera de su legítimo dueño.»

El hombre ha procurado para sí, para su tranquilidad, un conocimiento que quisiera absoluto del silencio que lo rodea. Empezó por estudiar las estrellas, luego el mundo que habitaba, y por último el mundo que lo habita. Es curioso que no hubiera comenzado por aquello que tiene más cerca: a sí mismo. Con el paso de los siglos ya no miraba estrellas sino sistemas solares, ya no se concentraba en el valle o en el bosque sino en árboles y en hojas para clasificarlas, ya no veía a los otros hombres como parte del paisaje sino los órganos dentro del cuerpo humano. De la materia pasó a la célula, a los quarks, a los taquiones, y de ahí a la energía y a la nada.

En nuestros días padecemos esa histeria colectiva por el reduccionismo y la especialización; el médico ya no sabe curar un cuerpo cuyo funcionamiento se rige por un orden implicado en su totalidad biológica, ahora existen diferentes clases de médicos, entendidos en el hígado, las venas, el corazón, en un dedo, la uña, como si el cuerpo humano no fuera una unidad indivisible en su funcionamiento para la vida. Esto mismo pasa con nuestra manera de percibir el mundo en el que vivimos. Vemos el árbol, pero no tomamos en cuenta el bosque. Igual ocurre con los astrónomos, en realidad con casi todos los quehaceres que realiza el hombre: mira un fragmento de la realidad y de la vida olvidándose del conjunto, como si vivir fuera un rompecabezas del que hay que ir juntando las piezas en el camino.

La vida es una sola, lo afirmo contra Oscar Wilde y contra toda esa absurda confusión divisoria; la vida, repito, es un único movimiento, que incluye el hecho de la muerte. Al colocarnos las anteojeras laterales del conocimiento limítrofe, hemos perdido de vista la totalidad de la vida, y algo más grave: no sólo caímos ya en el pozo de la especialización y el funcionalismo, sino en el olvido del ser.

De ahí que me guste lo que se insinúa como telón de fondo en Bitácoras de soledad, donde Jan Caballero, narrador y personaje central de esta novela escrita en siete cuentos, más que ir en busca de una ficción que le aguarda como única y posible realidad, se topa con su propio destino, o, como diría Ernesto Sabato, con su fatalidad, en tanto que la fatalidad es un hombre en busca de su propio destino.

El libro inicia con una posdata, como si Héctor Domingo quisiera llevarnos al escenario por la puerta trasera. Esto me hace pensar en que Héctor no desea para su obra espectadores pasivos, sentados cómodamente en sus butacas, delante de las escenas y lejos de los hechos. Los quiere en escena, y para ello busca que el lector participe como parte de la experiencia humana que va a relatarnos.

Sería un abuso de mi parte, contra el libro y contra el propio Héctor, si me pusiera a contar aquí los siete movimientos de la historia; insisto, no siete partes aisladas sino siete notas que forman un solo acorde. Baste con que el lector por venir sepa que Bitácoras de soledad es un valle compuesto de siete montañas, y que el libro va a mostrar el paisaje completo en siete fotografías, para que veamos en ellas, al final de la lectura, el conjunto del horizonte como una totalidad.

Héctor Domingo ha practicado en su primer libro un estilo cuya base es la sencillez; la historia que narra por medio de Jan Caballero se apoya en estos siete trazos dibujados con igual sencillez, con un dejo de candor e inocencia. Algunas veces podremos adivinar el final de algunas de estas historias breves, pero es sólo cuando recorremos las siete puntadas del bordado que podemos apreciar la única figura que contiene el tejido, figura que se revela o que se delata en el último tramo del volumen, titulado «El Zoológico Fantástico».

El impulso que mueve los hilos del drama narrado es el de la búsqueda y el enfrentamiento con una libertad que hoy nos parece tan poco probable que terminamos considerándola una ficción, como si decir «libertad» no fuera más que una ficción en espera de su legítimo dueño. Hay en estas páginas el entendimiento de una confusión, la del mundo mismo, sumido en un pozo sin agua que llamamos soledad o aislamiento, pero que no deja de ser una soledad violada por el pozo mismo. No veo soledades terribles ni comunicaciones frustradas en esta historias; veo, sí, la necesidad de un autor por describir el mundo una vez que ha empezado a asomarse fuera del pozo. Los personajes aparecen y desaparecen como ocurre cuando viajamos a bordo de un autobús o de un vagón de tren, tal y como sucede en la vida misma. Jan Caballero los capta, los registra, los describe, los identifica para componer el tablero del aislamiento en que se ve envuelto. Parece ignorar que, al haber salido del pozo, o en este caso de la zanja donde cae una ambulancia en el primer cuento, ha conseguido por primera vez mirar con los ojos de quien está en verdadera soledad: alone, all one, el todo en lo uno.

Héctor Domingo ha logrado en su primer ejercicio de escritura un estilo literario limpio, directo, entusiasmado por la belleza que las palabras procuran; me recuerda aquellas literaturas hoy poco frecuentadas, como la del francés Georges Duhamel, que a través de diarios o falsos diarios buscan mostrar con inocencia prístina, con amorosa candidez, la existencia de un hombre, o la de un grupo de seres humanos cuyo único propósito es vivir una vida, la suya propia, y que, en el esfuerzo, se enfrentan con un entorno, por momentos cómico, por momentos hostil y voraz, que también busca su lugar en la existencia, y que los sumerge en la sensación de estar experimentando una soledad colectiva. Por medio de personajes a veces entrañables, a veces desesperantes, Héctor Domingo nos regala en Bitácoras de soledad el dibujo de la vida tal y como lo haría un niño.

[Texto leído durante la presentación de Bitácoras de soledad en la FIL-Guadalajara, el día 4 de diciembre de 2009]

jueves, 20 de agosto de 2009

Oda elemental a Pablo Neruda

por Alfredo Robert


AGOSTO 2009


I

En Parral
soplaron trepidantes
ventarrones forasteros,
que labraron designios
en las piedras...

La constelación de Cáncer
extravió una estrella,
y tú, al nacer, llamaste a la luna
por su nombre.

Tu madre, no te cantó
canciones de cuna,
porque estaba muerta.

Y el mar pacífico
marcó sus compases
en tu niñez,
siempre lejana.

A los veinte años cumplidos
tus ojos eran ciegos.
Una voz presagiaba a tu alma
un lúgubre destino.

… Y la poesía,
tu juventud buscaba.

Desde una calle te llamó.
Desde las ramas de la noche,
la poesía te tocó las manos,
y tú, la hiciste tu novia.

Ella fundó en tu corazón
la rosa de un pueblo flagrante,
y el beso incitante
de la primavera marina.

A esa edad…
Sembraste semillas de letras
y esperaste paciente
a que brotaran en tus venas,
esparcidas las palabras.

A galope arribaste a la madurez.
Te plantaste sobre tu América
a escuchar el vocerío de su Historia
y el cantar de sus revoluciones.
Levantaste tu copa de vino
y el sol impregnó en la luz
de tu memoria, los intensos
destellos de la vid y de la sangre.

¡Te alabo y te recuerdo¡
Abuelo de los poetas.
Arquitecto de corales.
Constructor de carabelas.

Mensajero de marinos.
Comerciante de quimeras.
Jardinero de mentiras.
Médico de las mariposas.

Orfebre de formas simples.
Escultor de lo magnánimo.
Totémico boticario.
Rinoceronte de la poesía.

Cartógrafo de paradigmas.
Fogonero de firmamentos.
Campanero de sublevados.
Director de las auroras.

Compañero de las piedras.
Pastor de los elementos.
Proclamas sucesos y loas,
coronas caracolas y conchas.

Almirante de la barcarola.
Panadero de la blanca harina.
Amasas nevadas serranías
y navegas sobre enardecidas odas.

Cronista de las algas.
Esposo de damas solas.
Domador de alegres musas.
Sátiro de medusas y olas.

Consejero de galanes.
Curador de idilios crónicos.
Conquistador de inmaculadas.
Restaurador de amores rotos.

Cómplice de los amorosos.
Abogado de las flores.
Explorador en los placeres.
Defensor de amantes locos.

Tu poesía levanta faldas,
hace sonreír a los presos,
bailar a los enfermos
y orar a los labriegos.

Es un plato de papas humeantes
en la mesa de las viudas.
Estufa en fatigados asilos.
Cobijo de lana en los cuartos fríos.

Página proteica en oficinas crueles.
Aroma de papel en las plazas públicas.
Cántaro de agua en sudorosas fábricas.
Hoguera crepitante en la selva oscura.

Albañil de la gramática,
construyes versos como casas,
con ladrillos, vocablos y yesos.

Desde abajo vienes,
rey de Reyes poetas.

Desde el sur asciende tu canto,
desde el polo inferior del planeta.
Desde el coxis de América,
como una gran araucaria,
se alza y ensancha
tu voz.

II

Tu patria es vertical y oceánica,
alargada como un pan,
esbelta como una espiga,
metálica y recta como una Espada
Encendida.

Mástil de la Antártica.
Espina de los vientos.
Pilar del continente.
Báculo del mar.

Lejana codillera,
nevada Araucanía,
anclas en los médanos
de la melancolía.

Flauta del céfiro.
Solitaria llama
de la Tierra del Fuego.
Lápiz del poeta austral.

Señor de la
R
e
p
ú
b
l
i
c
a

V
e
r
t
i
c
a
l.

¿Qué astros se colisionaron
la fecha de tu nacimiento?
¿A qué capitán le robaste
su bajel de versos?

¿Dónde encontraste
tus palabras?
¿Dónde tu voz?
¿Quién te heredó
ese alfabeto de arcilla?

No fueron oraciones en aymará,
ni las armadas rimas
de don Alonso de Ercilla.

Te lo legaron:
olas antárticas, témpanos
y glaciares de nieves andinas.
La orografía de tu escritura
es arcillosa y amarilla.

¿Quién te contó
las legendarias fábulas
de tesoros sumergidos,
custodiados por dioses nativos?

¿Quién te leyó
Los divinos mitos
de los reinos indios?
¿Qué nana te llevó al circo?

¿Dónde quedó la trapecista
que se columpió en tus ojos
y te hizo escribir
los más tristes versos?

¿Qué mujeres
te endulzaron los brazos?
¿Qué muchachas
te llevaron al cine?
y te extraviaron la corbata.

¿Qué niña te rasguñó
con una rosa?
¿Quién te dijo: - ¡Vive!?
Y tú aceptaste vivir.

¿Qué minero
rimador de coplas,
te guió hasta las entrañas
de la tierra?

¿En qué galería encontraste
los esqueletos de tus estrofas?
¿Qué carpintero
te hizo esa escalera?
¿y esa ventana?
que da a un mar
sin otra orilla.

¿Qué amigo en la tertulia,
reveló la cifra oculta,
que iluminó tu noche
y tu cosmogonía?

¿Quién te regaló ese lápiz
que escribe hechizado?
¿Qué cohete te arrojó
a esa vieja constelación del cielo?

¿En qué puerto azul?
tu corazón quedó
estupefacto.

¿En qué mercado?
detuviste tus pasos.
y dijiste: - ¡Basta!.
Ya no quiero peregrinar.

Entonces,
en el bosque de pinos…
de tus zapatos
surgieron raíces
y te convertiste en árbol,
para no quejarte nunca más.

III

Sentado aún,
en el acantilado de la isla,
pediste ser mineral,
piedra ovalada de río,
roca enorme de playa,
lapislázuli, cuarzo,
metal perdurable,
o planeta vagabundo.

Te concedieron:
las piedras del cielo
y ser, tan solo poeta,
pescador de estrellas de mar
en un universo de espuma.

Te persignas ante la Cruz del Sur,
cuando un clamor de voces
recorre la tierra.

Ballenero de la existencia.
Astrónomo de miradas.
Arqueólogo del pan y la sal.
Ésta es tu residencia.

Gobernador de una ínsula.
Ministro de los cangrejos.
Adalid de los insectos.
Gaviero de un mar de signos.

Guardafaros de Isla Negra.
Conserje de los crustáceos.
Centinela de arrecifes.
Timonel de los cetáceos.

Patriarca de caupolicanos.
Primo hermano de España.
Catedrático de los erizos.
Amigo de los mexicanos.

Artífice ferroviario.
Verdugo de militares.
Encantador de serpientes.
Comerciante de astrolabios.

Psiquiatra de historiadores.
Mariscal de los justos,
denunciante de villanos,
hermano de los moluscos.

Faro de poetas pasajeros.
Filatelista de anclas, timones,
mascarones de proa, ocasos y recuerdos
…navegante de mil y un versos.

En la bóveda de tu cráneo
se encienden y giran
constelaciones tutelares,
y las mareas laceran
los muros de tus sueños.

Sin alquimias ni ironías,
tu poesía une hemisferios,
mitiga los conflictos
y regula los criterios.

Llega a saladas costas
y sopla en las casas viejas,
como silbo de ballena
o de sirenas musicales.

Penetra en la sangre
como una vacuna:
Remueve glóbulos,
circula en moléculas
e hilvana tejidos rojos.

Organiza células clandestinas.
Vaga en el páncreas, viaja en arterias,
bebe en el vaso, canta en el hígado
y alquila una habitación palpitante
en el corazón.
Sale por los ojos
y regresa nuevamente,
por el tímpano
y el caracol.

Jamás dudas
Pablo Neruda.
Siempre aciertas
tu disparo en el blanco,
de una espiral en movimiento
perpetuo.

La eternidad es tu aliada.
Tus versos dormitan
en los muelles tristes de la tarde,
y en las bodegas de los buques
que zarparon ayer.

Y la ola que llega hasta tu ojo
proclama tu existencia de viajero.

IV

De niño fuiste asombro,
de joven fuiste viejo.
Ausente y taciturno,
con porte y capa de poeta negro.

Quisiste llevar a tu amada
a la soledad de tu archipiélago,
en vez de mimar sus juegos y silencios.

¡Oh¡, abandonado.
Fue tan breve el milagro
y tan largo su epílogo.

Perdiste tu amor
y un rayo de dolor
sin anestesia,
fulminó tu corazón amarillo.

Te convertiste en el sombrío
instructor de la tristeza.
Paladín de pálidos
muchachos despechados,
que curan sus cuitas
de amor, con el bálsamo de tu talento.

Para librarte del marasmo
de la melancolía, invocaste
los besos celestes,
nuevas novias submarinas,
medusas ansiosas y mujeres caracolas.

Las piernas que se abren
se tornaron en tus libros ilustrados,
de anhelos vehementes
y vértigos jadeantes.

Te arreglaste la dentadura
para morder cuellos y brazos,
vientres claros y oscuros,
en vez de duraznos carnosos.

Te dejaron perplejo:
la pasión en la penumbra,
la suavidad de un seno,
el amor en los muslos enlazado,
los cuerpos paralelos en el lecho.

Rasguños y rugidos.
Amapolas y relámpagos.
Acechaste al amor como un tigre.
La misma religión de los animales,
las mismas costumbres de las fieras.

Dientes que rompen labios.
Lenguas que encuentran pelos.
Manos que escurren lagos.
Y ojos que enmudecen
…ante su reflejo.

Los espejos rotos,
las esencias densas,
los audaces perfumes suspendidos.

Sacerdote de censurados ritos.
Autor de sonatas de quejidos.
Espeleólogo de ombligos.

Doctor en ciencias deleitosas.
Ladrón de maduras damas
que lames, recorres y frotas,
hasta penetrar sus sueños
y callados nombres.

Esperando que sus desatinos,
Las hagan caer en las leyes
de tus melindrosas redes,
o en el anzuelo de tu destino.

Tus versos las adormecen,
tus metáforas las atan,
y sin pensar en los adioses,
ni en futuras cicatrices

…Con tu nariz de elefante
las acaricias; más risas,
hilaridades, carcajadas y besos.
Hasta olvidarse de Dios, y su genealogía.

Partitura de suspiros
en la nación del delirio,
en el resuello de la noche,
en el interior de un grito.

Agitado agrónomo,
en las parcelas de la piel,
de todo te sacias y embelesas:
Pezones en cimas a flor de piel,
dedos que resbalan y se alargan.
Caderas, axilas, cavidades.
Nalgas, puertas, bocas y pechos.

Como un geólogo,
como un minero,
como un buzo enloquecido.

Dominios explorados e inexplorados.
Yacimientos escondidos
en la desnudez de los sentidos.
Exudaciones territoriales,
y otra vez….
la sal del mar.

Y otra vez,
las gemas en los ojos:
zafiros,
turquesas,
esmeraldas,
pupilas
ópalos
y obsidianas.

En la cama de los náufragos dichosos
atracan entrecortados murmullos:
- Quiéreme, lléname, ansíame.
- Mi luna, mi vida, mi mar, mi aaamh…

Los pétalos en las sábanas,
la luna en la ventana
y la habitación que zarpa
iluminada por velas inflamadas.
Poeta.
Siempre viste la vida
como una doncella,
la naturaleza como tu concubina
y el amor, cómoda filosofía.

Y así, para ti…
Don Juan austral,
las horas fueron niñas,
las muchachas días,
los años señoras,
las enfermedades, rencillosas brujas
…. y la vejez el recuerdo de todas ellas.

…Rosita y Josefina
se pierden risueñas
en la lejanía…

Lila, Azucena, Blanca, Selena.
Rubí, Piedrafina, Gema,
Linda, Brisa, Marina, y Pura.
A veces, también te quisieron.

Aldonza, Rufina, Concepción.
Martirio, Constanza, Angustias.
Petra, Prudencia y Proserpina
…barqueras que navegaron hacia el olvido.

La ausencia
de Josie, y Albertina es una llama
que no se ha extinguido.
Pero en cambio
Delia,
María Antonieta,
y Matilde,
son el sentido y la razón
de tu paso, por aquí.

En la tierra.


V

Te veneramos y nombramos



Cacique de los Poetas.





Sastre de capas teutónicas.



Peluquero de los dioses y los sauces.



Socio de socialistas catalépticos,



y de las costureras que remiendan las banderas.





Padre de una nación entera.



Presidente de todas las cosas.



Comandante de las abejas



y de las alcachofas guerreras.





Espíritu sobre la nieve de la cordillera.



Vigía del Aconcagua.



Herrero de recia frente,



domador de la distancia.





Tu palabra



provoca terremotos,



incendia catedrales



y los libertadores



la repiten y cantan.









Las tribus indias



reconocen tus pisadas,



cuando recorres sus rutas



sempiternas:



Mapuches, quechuas,



tiahuanacos, mayas,



mayos, lakotas, apaches.



Te gritan: -¡Pablo¡



y tú, los saludas con tu corbata.





Hechicero araucano,



el eco de tu canto peregrino



ha irrigado esta tierra,



como torrente que serpentea



desde los Andes,



hasta los desiertos de Arizona.





La maquinaria de tu poesía



se eleva como el albatros,



y desde lo alto inicia un vuelo



ceremonial de la nieve al río



y de los campos a la selva.





Se alza con la niebla



a las alturas del Machu Picchu



y despierta de su sueño



a los reyes incas.





Campesinos guaraní



salen a su encuentro



y los chamanes del Chaco



la leen en silencio.





Con su ala abanica



riscos y pampas,



llanuras y llamas,



peñascos y guanacos.





El Paraná



y los afluentes



del Amazonas



la reciben



ondeando



pañuelos



que brillan



como peces.





Desde agrietados campanarios



la saludan pueblos descalzos,



devorados por el hambre.





Y desde la espesura,



una flora exuberante,



lujuriosa y húmeda.



Cruza el cinturón del mundo,



en busca de una biblioteca



y solo halla indecible pobreza.





Pasa y se queda…



le dan la bienvenida,



efímeros discursos



y bandas musicales.





Como un nubarrón,



refresca las Guyanas,



Maracaibo, Cartagena,



El Darién y Copán…





Tikal



como



una brújula,



le señala el norte,



cuando el quetzal azul



se yergue sobre las ruinas.





Convertida en huracán,



es una espiral sobre las Antillas



…y como vendaval arriba al corazón





del continente.











Comparte los festines al Sol.



Cúpulas, pirámides, pájaros.



Resplandece en los maizales



y en ciudades siempre inconclusas.





La Sierra madre guía su vuelo



hacia la región invisible de Civola



(toda en oro y sueños de diamante revestida)





Ahí, topa con migraciones de aves



que huyen del norte frío.





Entonces…



la proa de tu poema



se bifurca.





Divide su ruta hacia



la Alta California y la Florida.





Y así, prosigue…



atravesando los océanos,



a oriente y a occidente.





La geografía de tu grafía alcanza



en Bengala, el monzón de Asia



y luego inunda con crepúsculos



el Mar Amarillo de China.







Tus coplas



sobrevuelan



villas y viñedos de Europa.





Se posan



como pavo reales,



bajo granados en la Alhambra.





Arriban a Paris, una tarde gris.



Cuando

cada

hoja

dorada,



repite un otoño nuevo.





Como romances las susurran,



enamorados nocturnos,



en los canales de Venecia



y los astros tiritan, azules, a lo lejos.





Producen cosquillas



en los cuellos de las vírgenes



y resuellos a las divorciadas.





Iluminan campos de foot- ball.



Llueven sobre racimos de uvas.



Las palmeras las acogen



y las palomas las aclaman.







Las llevan entre sus patas,



manadas de cuadrúpedos



y en sus picos,



parvadas de plumíferos.





¡ Embajador de los poetas ¡



Tu verso es un cóndor gigante



que sobrevuela el mundo,



vigilante.





¡ Y bajo esta combustión de estrellas ¡



en medio de la multitud



y de las urbes eléctricas...



¡Todo lo cantas tú, todo lo cantas¡




VI

¡ Sol glaciar ¡



gallo juglar.



Poesía lunar,



coreógrafa



de las mareas.





Tapir con boina gris.



Pingüino aristotélico,



confesor de los carteros.





Elefante marino.



Cachalote chileno.



Capitán del rompehielos.





¡ No dejes de mirar el mundo ¡



porque se apaga.





Tu que ves la eternidad



dentro de una botella;



dinos cómo se edifican



esos versos de madera.





¿O acaso, se escriben solos?



como niños sonámbulos,



que flotan solitarios,



traspasados de misterios.





¿Qué loro, musa o deidad



te presta su voz



para que cantes?





¿Qué petroglifo sagrado,



ancestro, orquídea, estigma, delirio,



desvelo, hiedra, fiebre o cavilación



guía tus escribanos dedos?





¿La blanca yegua de la noche,



te visita en sueños y te llama ?





¿Quien te dicta esas odas?



amanuense de todas las cosas.





¿Un ángel malo,



una amada ausente?



¿una secretaria?



o un demonio desertor.





Dile,



que a mí



también, me musite



una loa al amor vencedor,



o una canción desesperada.









Poeta joven:



Si quieres ser Neruda,



observa las nervaduras



del firmamento.





Delinea



los jeroglíficos tallados



en piedras iridiscentes.





Lee y escucha



lenguas vivas



y muertas.





No malgastes



un tono,



no olvides



un signo.





No pierdas



detalle



de paisaje,



piedra o nación.





Mira con dilación,



cada grano de arena,



cada vasija y cada avión.



Guarda



en una valija



la música



de todos



los idiomas,



para que erijas



una oda



magnificente



a lo más



insignificante.





No descuides



pormenor



de lo ínfimo.



No te distraiga



lo omnicircundante.





Ve las estaciones pasar



en el tablero de los días



y de las noches.





¡ Bruñe tu libro de barro cocido,



hasta que retumbe en las aldeas ¡








¡Que



golpee



como



un



tambor ¡





Y



nos



haga



danzar



toda



la noche.





Como



esas



tribus



que



celebran



con



el fuego



la



grandeza



de



su



dios.





Poeta novel, si quieres ser Neruda,



sigue las huellas de las gaviotas



en la playa.





Advierte que los ojos de las cosas



te saludan



y te despiden,



cuando las abandonas.





Coloca sobre el mantel



de tu poema,



los enseres muy bien dispuestos:



las dóciles cucharas, los platos sin fondo,



y todo lo insondable



en un florero.





Mira en una naranja el sol.



En una cebolla un planeta.



En un gallo la aurora



Y corre a la tristeza de tu casa.

VII

General de un ejército intangible,



tus huestes son frases,



tus verbos soldados



y tus cuchillos son de arcilla de Chillán.





Tu poesía es de uranio y cobre;



no la destroza lo vano,



no se enferma de tifo,



no la exterminan los jueces,



no la rompen los niños.



No la contaminan los televisores,



ni la asfixian los políticos.





Tu canto mineral trae



alivio a las enfermeras,



pudor a los engreídos,



vitalidad a los inválidos



y el triunfo a los desposeídos.





Suaviza la garganta



de los españoles.



Prodiga tonalidades en el Caribe.



Devuelve su gloria al inca,



la dignidad al maya,



y la ecuanimidad a los argentinos.

La cantan:



Los negros de Curazao,



de la Martinica y “el Harlem”.



Legendarios relojeros indios,



mestizos petroleros,



criollos diletantes,



acróbatas ciegos



y albañiles legionarios,



blanqueados de cal.





Aduanero



de fronteras invisibles.



Tu escritorio es un taller



de relámpagos y versos.





Tu canto,



el Canto General



a todas las cosas;



a las gemas abstractas,



a los trenes materialistas,



a los coleópteros colectivos,



a los mamíferos egoístas,



a naciones mal heridas,



a pueblos no nacidos,



a los frutos terrestres,



y a las cosmogonías de tu gente.





Sigue cantando



con tu sonsonete.



Pelícano inmortal.



Manatí de aguas dulces.



Diplomático de playas.



Deportista de tu nombre.





Búfalo del sur,



indómito jabalí.



Poeta cósmico,



poeta cómico.



Poeta amargo,



poeta agrario.



Poeta industrial.



Industrioso sapo, galápago poeta.





Senador por las provincias



del alma.



Cónsul del día, en la representación



del viento.



Embajador de repúblicas que nacerán



al alba.







Querido gordo amigo:



Sonoro andador andino.



Araucano universal.



Americano mortal



y puro…



como una manzana.







Cantas lo que quieres decir,



gritas lo que quieres cantar



y callas, lo que llevaremos



…a la muerte.







La caligrafía de tu destino,



en su línea de carbón,





te llevó hasta una España sedienta,



a que vivieras el horror y el llanto



de la guerra fraticida



y a que erigieras un monumento



justo,



en la plaza central



de tu persona.


VIII

Escarabajo militante.



Cirujano de las rosas.



Enemigo de los frailes.



Protector de las langostas.





Bolchevique, bailarín



de cuecas y tangos.



Cosaco de las estepas cuyanas.





Estalinista



por convicción.



Marxista



por lo concreto.





Cuando en tu buró político



dejaste acostada tu pluma...





Soñaste utopías proletarias.



Gobiernos de obreros poetas



y la santidad de la máquina.





Los ejércitos de la unidad.



Las sociedades soberanas.



La igualdad de clases



y razas sin castas.



La fundación de naciones



veneradas por cosechas,



que danzan y representan,



el progreso y el mañana.





Desde la ventanilla



de un aeroplano comunista,



viste a jornaleros sin sueño,



construir carreteras como ríos



y atronadoras presas hidroeléctricas.





Enrojecidas metalúrgicas,



ablandando el hierro dúctil.





Multiplicadas viviendas,



de huesos de hormigón



y carne de concreto.





Operísticos ferrocarriles,



aderezados con banderas rojas,



lanzando nostálgicos silbidos,



antes de partir y convertirse



en horizonte.





Desfiles de tractores



arando en la tierra trigo,



y constelaciones de papas.







Escuelas sonrientes.



Aulas cantarinas.



Hospitales donde la vida



elevaba su canción



a la esperanza.





Tu alma se pobló



de himnos al devenir,



mecidos por la victoria



y la convicción de los camaradas.





El triunfo del proletariado en marcha,



que aplasta a los tiranos



y devuelve la fe a las muchachas.







No lo sabías...



no lo presentiste siquiera.



Los gobiernos populares



también se extraviarían.





Obedientes



a la condición humana,



indolente,



de transformar el poder



en infamia.







La fraternidad de los hombres



se desmoronó ante tus ojos.



Aquella realidad que cambió,



se posó como un desvencijado vestigio



…en la memoria



colectiva del orbe.





Entonces incontables mercaderes



impusieron su religión.



¡Oh diosa¡ Economía concupiscente.



Companies & explotation. Corporations.



Bombarderos de oro y océanos ahogados en petróleo.



La burguesía nadando en naderías



y la usura, saludándonos desde su coche rojo.





En el colofón



de este melodrama,



los banqueros repartieron



los bienes terrestres.



El capitalismo voraz



ganó la batalla



y se adueñó del mundo.



Y a ti,



a ti, …te tiraron



todas tus estatuas.

IX

En 1973…
cuando moriste.



Cassals viajó al cielo



en el estuche de su chelo.



Picasso fue a buscar



minotauros a otros laberintos,



y el mundo se quedó



…sin… Pablos.





Cuando tu vida se apagaba,



habían secuestrado tu patria.



El oprobio se pavoneaba



vencedor de la democracia.





Llegó grande la guerra,



llegó echando fuego.



Derribando muros,



puertas y ventanas.





Otra vez,



como en España,



la sangre por las calles



derramada.





Washington, el incansable



exterminador de pueblos indios,



esta vez, derramaba



la sangre de los andinos.





Chile,



por



ser



recto,



social



y justo,



recibió



su



merecido.





Los tanques aplastaron sus guitarras



y los bombardeos apagaron los versos,



los radios y los besos.





El deshonor



de ese tiempo,



quemaba tu frente enardecida.





Generales entronados.



Traidores a sueldo.



Rompieron casas,



desmembraron hombres.



Las madres sacrificadas



abrazaron los retratos



de su hijos desangrados.





Y tú,



armadillo blindado



contra la ignominia,



también quisiste detenerlos



y les arrojaste una alcachofa,



que quería ser granada.





El poeta,



herido de muerte



en su alma nacional,



agonizaba de rabia.





México te esperaba



para curarte las heridas,



…pero ya no llegaste.





¿Y la libertad?, allende, allá,



para otros tiempos postergada …





Ya no lo supiste.



Nadie en tu tumba,



te lo dijo…



Finalmente los hijos de puta,



recibieron su merecido.





Y tú,



“Pueblo Neruda”,



fuiste, juez de militares,



vengador de ruines,



vencedor de sanguinarios,



verdugo de asesinos viles.





A tu patria



retornó la justicia,



radiante y bella,



sin oropeles.



Limpia,



recién bañada



y con la balanza



muy bien ajustada.





A Chile regresó



la grandeza



de siempre.





Volvió el cantó,



la poesía,



la dignidad,



el trabajo.





y



tú,



trovador,



te quedaste,



junto con otros fantasmas,



a barrer tétricos almacenes



y fúnebres parques.





A perseguir…



el eco )))) en los abismos.





A ser…



Cielo perforado.



Sombra de la nada.



Silencio de la nieve.



Vacío en las estancias.





Viento



desatado,



que aterido corre,



entre su gente



y anhela



renacer cantando.

X

La muchedumbre propagó el grito:
-¡Neruda ha muerto¡
Poeta yerto.
Descarnado, en un cajón,
en espera del invierno.





Ahora



que tu pecho y tu garganta



son ceniza inerte, déjame decirte:





Tus versos



crecen



como niños.



Tus cantos



siguen



rodando,



como



las piedras



redondas



que lleva



el río.



Ascienden como savia



por venas de madera,



y musicales ramifican



los follajes que agita



el ventisquero.





Tu poesía es Aún:



Una catedral



ventilada por la brisa,



y una nave



siempre a punto de zarpar.





Un violín encordado



con vocales.





Una casa de huéspedes,



con sábanas blancas



como velas,



y un cuarto de planchar.





Un coro de ostras



que ensaya una misa



en Sol Mayor.





Un museo



donde los retratos



de los héroes



han resucitado.



Un estadio



que vitorea el regreso



de bardos latinos.





Un tranvía



que lleva el dolor



al exilio.





Un potro sudado,



que resplandece



bajo el granizo.





Un aeropuerto



donde arriban y parten



volátiles versos.





Un trasatlántico iluminado



por una orgía de luciérnagas.





Un armario



todo lleno de mar.





Una maleta,



que resguarda,



el secreto de una raza



y el traje de la República.









El estandarte



de la primavera



que proclama



una eternidad.





Aún,



recatadas, tus palabras,



se sientan a la mesa.





Tus adjetivos, siguen



retozando como niños



al salir de las escuelas.





Las sílabas



de tus frases,



se recargan



una en la otra,



para mantenerse



unidas e inequívocas.





tus libros apilados,



son peldaños



a títulos de nobleza.





El fuego amarillo



y las agujas de la lluvia,



han acabado



con algunos volúmenes.









Pero tu obra,



resignada a la inmortalidad,



se mantiene en pie…





Sólida,



prolija,



inoxidable,



inquietante,



incorruptible,



inquebrantable,



estoica,



y actual.

XI

Si con la primavera…



vuelves a nacer, Pablo Neruda.



Ven con manos resueltas.



Dominadoras de algún oficio.





Tus manos de día,



ahora fabricarán



escobas y sillas.





Con la destreza de un maestro,



manejarás las pinzas,



los martillos y los clavos



y ya no te sentirás culpable.



Nunca más.





Si vuelves a nacer…



apacigua tus caballos,



regala tu telescopio



y quema tu cordón franciscano.





Desiste…



apóstol de los objetos,



de levantar casas,



de comprar puertas,



de predecir naufragios,



de llevar tu volcán a cuestas.





No escribas más



tu nombre,



en las espaldas



de las mujeres.





No uses seudónimo,



no juegues con antónimos.





Deja ya de importunar señoras,



de devorar el mundo,



de poblarlo de poemas,



de desgastarlo con la sal



de tus ojos.





Quédate sosiego.



Vete en un taxi



a una piscina veraniega,



a jugar a las barajas.





¡Huye de la pena¡



Escóndete en la feria.





Vuelve al sur con tu paraguas.



Regresa a tu insula Barataria



y piensa, si vas a repetir



las mismas cosas.





Si otra vez nacieras,



no vuelvas a Italia.



No busques más galeones



por mediterráneas callejuelas.





Ni subas torreones conventuales,



a tañer el metal de sus campanas.





No vayas a Valparaíso



a medir el tiempo de su relojes.



A recorrer sus calles,



a olfatear sus peluquerías.



Ni a escudriñar las redes



filosofales de sus pescadores.





No guardes, ningún



rencor en tus bolsillos,



no traigas tu batallón de abejas.





Perdónanos a todos,



y encuentra otra manera



de vencer a los codiciosos.





Siéntate a descansar



sobre los esteros,



donde allende se ven las islas,



como tortugas congeladas,



o delfines suspendidos



en la cámara fotográfica



del tiempo.





Sube a la cima del acantilado,



y ahí toma el autobús,



que va a la bóveda del cielo.





Húndete en el regazo de la noche.



Arroja tu corazón al mar



y que te amamanten las estrellas.





¡Vuela poeta de sal!



poeta huérfano.



Confiesa que has vivido



y despídete del mundo.





Vete a cambiar



la geometría de los planetas.



Aquí, las manos transparentes



de la eternidad te cerrarán los ojos.







Encamina tus pasos



hacia el firmamento



y ahí, componle versos



a las galaxias



y odas a los universos.

XII

Cruzarás:



Innumerables



soles



áuricos,



agonizantes



o recién nacidos.





Nacarados satélites



y planetas triangulares.



Cristalizadas

galaxias.



Asteroides

de diamante



y cometas

de cuarzo



congelado.





Deambularás en órbitas



de turquesas gigantes,



ágatas fugaces



y fosfóricos luceros:





- “Ahí va Pablo Neruda” -



Dirá algún astro suave:



- “Con los bolsillos de su saco



repletos de piedrecillas y poemas,



a llorar por las ballenas”.





- “Ahí va Neruda, con su boina,



su nariz de papa subterránea,



y sus ojitos”.





Tú, como cónsul poeta,



los saludarás con tu bufanda.





No los escuches



pasajero.



Tú,



sigue tu bitácora,



por las elípticas trayectorias



que te señalan los celestes cuerpos.





Atravesarás fabulosas nebulosas,



grandes lagos de prismas transparentes,



Incendiados rubíes, redondas esmeraldas



Y succionantes hoyos negros.





No temas



a la vastedad



de tu jornada...



A lo lejos,

alguien canta…



Si en tu travesía,



cruzaran ante tus ojos,



caprichosas diosas griegas.



No quieras bailar con ellas,



ni desvestirlas con la tersura



de tus metáforas.



Cierra bien los párpados.



No mires su inmortal belleza.





Aquí, no hay gastos de transporte.



No preguntes por tus llaves,



ni por tu valija diplomática.





Tampoco revuelvas las cosas del cielo.



Las galaxias no son caracolas.



No intentes recogerlas.





No quieras agregar al zodiaco



nuevas constelaciones:



la de la Pera,



la de las Tijeras,



la de los anteojos,



ni la de los Zapatos Rotos.





Este es el océano sin agua,



sin espuma, sin fin



y sin música.





¡Tanta materia y tanto espacio



en espera de una sola célula¡





Si ves el alumbramiento



de algún sol colosal.



Déjalo solo, como a un dios,



que viaje y gire en su devenir



solitario y descomunal.





Si tienes la suerte



de admirar la colisión



de dos espirales lechosas,



no implores compasión



por toda esa cristalería despedazada.



Son las encarnizadas



batallas del cielo.





Los blancos ejércitos



de estrellas,



estrellándose



con el doble de si mismas,



para invadir de luz



la noche imperecedera.





Así son las leyes



despiadadas y matemáticas



del cosmos.



En esta épica no hay gloria,



ni motivo, ni perdón,



ni un humilde cementerio



para todas esas estrellas guerreras.





Es sólo,



un molino industrial,



que pulveriza lámparas



y titánicas rocas esféricas,



para surtir de arena,



otros mares



y otras playas



de muy remotas riberas.





¡Sigue viajero.



Sigue radiante¡



Que te alumbren



soles maduros



como frutos amarillos.







Te reconocerán



legiones de zafiros,



aerolitos de amatista,



lunas y topacios



como ojos del cielo,



o espejos del tiempo.





Querrás quedarte a habitarlos



y a esperar, que te concedan alguna



Eva.





Pero ahora,



la nada y la luz viajera,



son tus únicas compañeras.





¡Éste es el espacio inmemorial!



No quieras conocer sus límites,



ni imaginar su forma; de huevo,
gato, pirámide o cubo.

Ni anotar en tu itinerario
cuánto tiempo ha acontecido,
desde que dejaste
tu isla.

Vagas por el anchuroso cosmos,
como aquellos veleros
que nunca alcanzaban la otra orilla.

Sujétate al cordel
de algún cometa.


¡Entrégate a tu viaje¡
como lo hacías, desterrado,
allá…
en la tierra.

No busques el resplandor
de Inti.
Ni a Faetón, ni a los herreros del cielo.
No desfallezcas.
Continúa
Ingrávido,
poeta.

Sigue
anhelante.
No has
llegado
todavía.

Calcedonias,
malaquitas,
acerinas,
granitos
y humildes lajas y guijarros,
son las puertas que buscas.

¡Ábrelas¡
y déjate llevar hacia…
el inconmensurable
archipiélago constelado.

Hasta arribar
al litoral
del inmenso
atolón.

Corazón del firmamento.
Ahí, te recibirán todos
los que habías querido
y que se habían ido.

Abrazarás por fin a tu madre.
Y tus amigos poetas
Organizarán, a tu arribo
¡una gran fiesta!

Una interminable velada
de amor
humano,
que inflamará
de risas, voces
y música sin fin,
al necio,
despoblado,
y dramático
universo.

Invitación

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¿Para qué disfrazar al mundo humano con una belleza que raras veces tiene?
Hay que desnudarlo, exhibirlo, denunciarlo con toda la fuerza de la inteligencia
hasta hacerlo sentir vergüenza de sí mismo.
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