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In memoriam

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Las teorías sobre arte son al arte
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≈ L E E R ≈ España y América Latina ≈ Febrero de 2 0 1 7 ≈

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jueves, 1 de diciembre de 2016

Cinco piedras al río

Por Leonel Rodríguez
(poeta mexicano)







SOLITARIA SALVO POR LO QUE MIRÉ

Me quedé a la sombra de uno de esos árboles con vainas café oscuro, y vi que sobre la vereda de asfalto, solitaria salvo por lo que miré, un niño se detuvo y miraba a sus pies. Miró a los árboles, de nuevo a sus pies y siguió caminando, con cuidado al principio, como si tuviera conciencia de que abandonaba un lugar en ese punto. Cuando él ya estaba lejos, me acerqué por curiosidad. Entonces entendí que el niño no miraba a sus pies sino a la mantis religiosa que cruzaba la cinta negra de asfalto; más que andar, parecía quieta y temblona, como una hoja recién desprendida, sin chiste. En los árboles, variados y frondosos, resonaban aves desde todas partes; entendí, o imaginé, que al ver a la mantis a descubierto —verde sobre fondo liso y negro—, en campo de aves, el niño había cuidado al insecto al no llamar más atención a ese punto. Hay pájaros astutos que aprenden a ver los hábitos descuidados de personas. Yo hice lo mismo que el niño y me alejé —sólo unos pasos. Comprobé que la mantis religiosa avanzaba pero, como los camaleones, daba un paso adelante y retrocedía otro, quizá más corto. Realmente parecía una nada, ahí, bien definida, mortífera para otros insectos, suculenta a la vista de las aves. No dejé de pensar lo obvio, que así cruzamos todos, nos cuidemos o no.


VOZ

A veces, la voz más elocuente es la que no termina de salir de uno, pero se siente su vibra… como cuando, en la noche, oyes entrar a través de la ventana el sonido de la llovizna sobre las ramas del árbol, pero sólo miras el cuadro negro de la noche.


UN JOVEN SIN VOZ

(Para Diego V. N.)

Varezal. Óleo
Hubo una época en que siendo muy joven, me sentía perdido. Es decir, no me sentía. Tampoco me sentía muy joven. El suelo nos había alzado —a mí y a otros de mi edad— para separarnos de cualquier certeza. Me daba cuenta que a otros esta separación debió llegarles antes que a mí. Eran días en que no sabía expresarme; en ninguna cara veía algo de la seriedad, o desnudez en el gesto, que provocaba en mí sentirme lanzado a la nada.
Una vez fui a una fiesta en una casa muy grande, situada en algún poblado aledaño a la Ciudad donde vives, donde yo vivía. Uno de estos pueblos donde abunda la gente con poco dinero, pero no falta la zona de residencias que pertenecen a la gente que posee el dinero que necesitan otros. La casa de la fiesta se encontraba en una de estas zonas.
Mucha gente dentro; todos teníamos un vaso en la mano. Sé que hubo un momento en que estuve afuera de esa casa: era la noche, había una conversación entre caras familiares. O quizá no hablábamos, sólo nos juntamos. El frío cegador, se respiraba aire que parecía tener polvo suspendido. No podía verse más allá de tres o cuatro metros a la redonda, como si un solo foco raquítico nos iluminara sobre las cabezas. Ni siquiera se veía el contorno del cerro donde estábamos, quizá porque el mismo cerro ocupaba toda la noche. En realidad no vi cielo sino la negrura más opaca, la confundí con el cielo, pero era la piedra, la tierra dura del cerro. No pensé esto en aquel momento, cuando es probable que tuviera miedo y me preguntaba, sin saber cómo expresarlo a las caras familiares, cuál era el sentido de la noche. Porque estaba cerrada la noche de polvo, la noche dura de frío.
(Desde la casa llegaba el sonido de rock en español, canciones sin música; llevaban de un sitio a otro una sonrisa que quiere llorar. Así lo veía, y esto me dejaba frío, me parecía charlatanería.)
La seriedad en mí me asustaba; temía quedar solo; no advertía que ya estaba solo. Me parecía extravagante absorber tanta seriedad, como si me llenase de esa noche incomprensible, de esa pared de cerro que tomé por cielo nocturno.
Me parecía estar abandonado y en todos sitios era una celda. Y casi todos temían el silencio y la soledad. Yo también, pero me tenían, me tocaban, me decían cosas que no sabía oír.
Noches así eran, son, la realidad de promesas incumplidas, promesas de felicidad, prominencia y certeza en el sentido de la vida. Todo estaba ausente, y yo paralizado, como pasmado: perdido en la época, antes de que descubriera el cielo transparente de la noche.
Era cuando no tenía palabra y miraba con indiferencia cansina, pero también miraba con ojos de tarde, con ojos de serenidad de animal. Nadie es una sola cosa. O la única cosa que somos se transforma, se mueve, y somos cada uno su propia presa, su propio hermoso animal.
Era otra persona, y soy el mismo, como se parecen dos piedras en una misma playa.


UNA TARDE

Si sucediera con frecuencia, no llamaría tanto. Para los entusiastas, es como el regalo que llega al final del verano, por contraste: luces suavísimas, tibieza que se siente fresca en la piel apretada de sol, vientos insospechados que se detectan primero en las ramas colgantes de eucaliptos y de repente en brazos, cabellos, cara. Se limpia uno.
Salí para regresar a pie ese trayecto que me permite cruzar el puente hacia el centro. Ni planeado: al cerrar la puerta a mis espaldas, sentí lo tibio del ambiente (fresco porque no era la lumbre.) Se escuchó un trueno. Lento, sin luz, como rodar de troncos tan lejanos que no asusta, sorprende de a poco, como si se comprendiera una sonrisa. Iba caminando muy ligero, ayudado sin duda por la cafeína extra. Iba contento. Es difícil mostrarlo en palabras: que una parte del cielo estaba azul, otra gris liso, y en un plano más cercano, nubes sueltas, densas, de un gris casi negro, otras rosadas. El sol en el horizonte: una yema regada. El otro extremo del horizonte era azul marino, negro.
Óbal. Tinta
Cuando crucé un bulevar, el señor que cuida la pastelería me señaló el cielo a mis espaldas y dijo: "Ai tael arcoiris eh". No se me fuera a pasar. Volteé y vi el arco roto; uno de los extremos parecía una fosforescencia sin forma, como el resplandor de una ciudad. Esto lo pienso ahorita; en el momento sólo vi el arcoiris roto. Le dije al señor: "tá chilo eh". Pasos adelante comenzó a llover con gotas gruesas, sin prisa. Un buen rato estuvo oliendo a tierra mojada porque el suelo no terminaba de empaparse de lo lento que llovía. Daba tiempo de que se secara con el calor acumulado desde Mayo.
Era esa luz que no es propiamente amarilla ni rosada pero uno tiene que acudir a esas palabras para decir cómo era esa luz. Que parece que ya no hay sombras, pero toda la luz es bellamente sombría. A mí me provoca y me hace salir, como si fuera la contraparte de mi planta.
No dejaba de llover y no era molesto. Gotas frías, como si vinieran de la sierra. Una cuadra antes de alcanzar el puente, coincidí con una jovencita muy bella, no pude evitar darme cuenta. Cruzamos la calle, en la acera nos arrasó una almada de viento, polvo y hojas. Dijo: "¡Hasta parece otoño ay no!", hablándome y al mismo tiempo siendo yo un pretexto para sus ganas de oírse. Me dio gusto y dije algo señalando al eucalipto de enfrente, que siempre recibe de manera curiosa la luz en la parte más alta. Ya iba a seguir mi camino, rebasándola, cuando me habló directamente. Caminamos juntos ese trecho y al comenzar el puente me despedí para que cruzara a su gusto. Yo ya me había quitado el sombrero para ver mejor una parvada de chanates que no podía avanzar a contraviento. Estaban justo sobre mí, como una nube de mí.
Y aquí termino. Al cruzar el puente ya todo fue ciudad y sonido de llantas sobre asfalto anegado (SSHHsshh...) Gente apresurada. Mi camión tardó en pasar media hora.


ESTE MOMENTO

Si esta luz sin sol no sirve para acercar la realidad, es mero abismo.

Leonel Rodríguez

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COSME ÁLVAREZ (1964)

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